El alcalde que cerró los cines de Nueva York

Un alcalde contra el cine

El alcalde George McClellan, ordenó el cierre de todas las salas de cine de Nueva York

El 24 de diciembre de 1908, vísperas navideñas, los neoyorquinos se encontraron con una desagradable noticia, el alcalde George McClellan (del Partido Demócrata) acababa de ordenar el cierre de todos los cines de la ciudad, más de 500, dejando sin entretenimiento diario a 200.000 personas y al doble los fines de semana.

La medida desencadenó una acalorada polémica. La justicia la calificó de “arbitraria, tiránica e insensata” y el alcalde acabó por retirarla, pero su decisión marcó un hito en todo el país y tuvo una gran repercusión en el origen de la censura. De hecho, la “cacicada” de McClellan vino a demostrar hasta qué punto los responsables políticos empezaban a recelar del cine y estaban decididos a vigilar esa nueva forma de entretenimiento cada vez más extendida.

Tras el argumento de que las salas no reunían condiciones de seguridad se escondían razones morales

El principal argumento del alcalde era que las películas eran “altamente inflamables” y las salas no reunían condiciones de seguridad contra incendios, según los informes del jefe de bomberos. Sin embargo, la prensa señaló que la decisión respondía también a razones morales.

El New York Times, en el artículo que publicó al día siguiente, reprodujo la orden de McClellan retirando las licencias de las salas de cine. Y el párrafo final no deja ninguna duda sobre los verdaderos motivos de aquella disparatada decisión y sobre las múltiples interpretaciones que habría que dar a la palabra “inflamable”.

La orden del alcalde reflejaba la presión de todas las iglesias cristianas de la ciudad

La orden del alcalde
reflejaba la presión de todas las iglesias cristianas de la ciudad

A causa de la seria oposición presentada por los rectores y pastores de prácticamente todas las denominaciones cristianas de la ciudad y las objeciones añadidas por la Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Niños y la Sociedad para la Prevención del Crimen, he decidido que las licencias para exhibición de películas sólo se emitirán en el futuro con el acuerdo de que dichas licencias no son válidas los domingos. Y además revocaré cualquiera de esas licencias ante la evidencia de que las películas exhibidas tiendan a degradar o injuriar la moral de la comunidad”.

En adelante, la protección de la “moral de la comunidad” sería una de las principales bazas para la implantación de la censura. Y también una muestra del creciente temor de las autoridades ante el éxito imparable del cine. De hecho, aquellas modestas salas de proyección, conocidas como nickelodeon, empezaban a ser una de las principales formas de entretenimiento de las clases populares, que por el módico precio de un nickel (5 centavos) podían asistir a sesiones continuas desde primera hora de la mañana hasta última hora de la noche.

Los domingos, esa audiencia se duplicaba con la presencia de familias enteras que acudían a los nickelodeon, situados generalmente en la planta baja de algún edificio, convirtiéndolos en un continuo trasiego de mujeres, hombres y niños que disfrutaban de sesiones de cortometrajes cuyo contenido parecía estar al alcance de todo el mundo.

En sus inicios, el cine fue también un testimonio sobre la situación de los pobres en las grandes ciudades

En contra de la imagen que ha llegado hasta el presente, los primeros cortos del cine mudo no eran solo escenas de persecuciones al estilo Keystone o fechorías de villanos barbudos. Algunos investigadores han señalado que a menudo incluían temas de contenido social, como la explotación de los inmigrantes, la trata de blancas  y la corrupción de la política municipal.

Los nickelodeons debían su nombre a que la entrada costaba un nickel (5 centavos).

Los nickelodeons debían su nombre a que la entrada costaba un nickel (5 centavos).

Con frecuencia, según cuenta el historiador de cine Kay Solan, en el libro “Hollywood censurado”, “el cine defendía la causa de los obreros, presionaba a los caciques políticos y a menudo otorgaba dignidad a la lucha de los pobres de las grandes ciudades”. Además, era habitual que las películas pusieran en ridículo la moral victoriana dominante, muy ajena a las costumbres que los inmigrantes habían importado de sus países de origen.

Por eso no es de extrañar el nerviosismo que se propagó entre religiosos, cargos locales y políticos de todo el país, que empezaban a ver el cine como una influencia peligrosa. Cuanto más se popularizaba, más virulenta se volvía su campaña en defensa de la censura. Algunos clérigos llegaron a calificar las películas como “el mayor enemigo de la civilización” y “escuelas para degenerados y criminales, que ofrecían viajes al infierno a cambio de una moneda de cinco centavos”.

Con su fulminante orden de cerrar los nickelodeon, el alcalde McClellan se inclinó claramente a favor de esos sectores, provocando una fuerte controversia en todo el país. Y aunque la industria cinematográfica ganó la batalla en los tribunales, en el futuro se vería obligada a hacer continuas concesiones a los partidarios de la censura.

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