El trasero de Cupido

En 1922, cuando Ernst Lubitsch emigró a Estados Unidos, el genial director de El bazar de las sorpresas, Ninotchka o To be or not to be, seguramente acariciaba el sueño de todo recién llegado a Hollywood: contar con el apoyo de una industria cinematográfica fuerte y desarrollar con total libertad su estilo inconfundible. Lo que hoy se conoce como el “toque Lubitsch”.

El “toque” incluía unos diálogos rápidos y afilados, situaciones cargadas de dobles sentidos y buenas dosis de un erotismo que llegaba y se desvanecía con la misma naturalidad que el flujo de las mareas.

Escena de La viuda alegre

Maurice Chevalier, en el papel de amante insaciable en La viuda alegre

 El erotismo sutil no libró a Lubitsch de la censura

Lubitsch era un maestro en el arte de la ambigüedad y construyó numerosas tramas basadas en el engaño amoroso y una sexualidad que nunca se mostraba abiertamente, pero siempre estaba presente de una forma elegante y sutil.

Lo que el realizador alemán no imaginaba es que esa sutileza no le iba a salvar de la censura y más exactamente del riguroso Código Hays, que en 1934 empezó a aplicarse a la totalidad de las películas que se exhibían en los cines del país. Próximamente dedicaré un artículo al señor William H. Hays, un republicano mojigato y ultraconservador que se hizo con las riendas de la censura en Estados Unidos y acabó dando nombre al Código más influyente de la historia del cine.

La viuda alegre precipitó el Código Hays

En su época muda, las películas de Lubitsch y de muchos otros directores ya eran observadas con recelo por la Legión de la Decencia y demás vigilantes de la moral, pero con la llegada del sonoro saltaron todas las alarmas y de hecho, algunos estudios apuntan que uno de los detonantes que precipitaron la aplicación del Código fue precisamente La viuda alegre (The Merry Widow, 1934).

La viuda alegre provocó una fuerte controversia en la aplicación del Código Hays

La viuda alegre provocó una fuerte controversia entre los responsables del Código Hays

Esta comedia musical de Lubitsch, basada en la opereta de Franz Lehár,  tiene como protagonista a Maurice Chevalier en el papel de un capitán que ejerce de amante insaciable en el imaginario reino de Marshovia. La historia transcurre como una especie de celebración lúdica del amor y en su censura intervino el segundo de a bordo de Hays, Joseph Breen, que acabaría teniendo un papel muy destacado en la aplicación del Código.

Por lo que parece, Breen debió ser muy tolerante en su labor como censor de La viuda alegre y eso le reportó bastantes conflictos con su jefe, hasta el punto de que, a partir de ese momento, decidió meter las tijeras con el máximo rigor.

Así se desprende de una anécdota que contó el propio Breen sobre el ejercicio de su tarea y se refiere a otra película de Lubitsch (sospecho que Angel, aunque Breen no lo aclara).

El testimonio lo recoge el indispensable Dictionnaire de la censure au cinéma, de Jean–Luc Douin.

Joseph Breen y Ernst Lubitsch

Breen, el censor, y Lubitsch, el censurado. Adivinen quién se lo pasaba mejor en su trabajo

Breen logró que lo inocente se volviera indecente

“Una vez aceptado el guión”– confesaba el censor–, “nos hacen llegar los diálogos y el desarrollo completo de las escenas. Ahí todavía intervengo, corto y pido cambios. Luego me muestran las maquetas de los decorados. Y finalmente el vestuario. Y pese a todas las precauciones sucede que la película, una vez terminada, es indecente”.

Cartel de Angel

La escena del Cupido censurado posiblemente formaba parte de Angel

“Un ejemplo”–prosigue el censor–”se refiere a una película que rodó Lubitsch, y que era muy correcta. Pero cuando la vi, exigí la supresión de una escena. Era corta, sin importancia y la película no sufría ningún daño. Pero Lubitsch, asombrado, me pidió que le explicara qué me había molestado. Se trataba de una escena muda y sin personajes. La cámara hacía un recorrido por un salón estilo Luis XVI, rico y correcto. Eso era todo. Sobre una chimenea, había un pequeño Cupido de bronce. Pero detrás de esa chimenea había un espejo. Y cuando la cámara pasaba delante de Cupido, se veía en el espejo el trasero del niño desnudo”.

Con la distancia, la anécdota narrada por el mismo Breen aun sorprende y demuestra el poder que alcanzaron los censores y esa extraña habilidad de la que se sentían dotados para encontrar el camino más corto entre lo inocente y lo indecente.

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