El último verano que fuimos caníbales

Hubo un tiempo en que los españoles fuimos caníbales. Y no hablo de la prehistoria. Hace poco más de cincuenta años todavía quedaban tribus que practicaban la antropofagia. En la Costa Brava, por ejemplo. Al menos así se desprende de uno de los expedientes de censura más delirantes que han pasado por mis manos, el de Suddenly, Last Summer (De repente, el último verano. 1959).

Escena de Suddenly, Last Summer

El momento crucial de la película, la muerte de Sebastian en manos de los “caníbales”

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El balón invisible

Escena de TimbuktuEn la pugna entre el cine y la censura, el primero siempre se lleva la peor parte. Pero también hay momentos en los que la pantalla ha servido para ridiculizar los mecanismos censores. Alguna vez habrá que escribir la historia de ese cine comprometido que ha señalado la sinrazón de la censura en diferentes culturas y momentos de nuestra historia. Lo digo a propósito de Timbuktu (Abderrahmane Sissako, 2014), que cuenta la ocupación de esa legendaria ciudad de Mali por parte de los yihadistas y la aplicación de la ley islámica en su versión más fanática. Si queréis más información sobre ese episodio, de 2012, hay un excelente artículo de Fernando Reinares.

La prohibición de escuchar música, fumar o jugar al fútbol, da origen a muchos momentos absurdos, surrealistas o dramáticos en esta película franco-mauritana. Y también a una de sus escenas más conmovedoras, para mi gusto. Después de que les requisen el balón, un grupo de futbolistas se lanzan a un campo polvoriento y comienzan a jugar su partido con una pelota inexistente. Mientras, dos guardianes de la moral vigilan la situación desde una moto, seguramente desconcertados y sin tener muy claro si ese juego con un balón invisible se atiene a las normas o sigue siendo un desafío a la ortodoxia fundamentalista.

 

 

Un animatógrafo en el rincón

Animatógrafo del Rossio

El Animatógrafo de Lisboa sobrevive como local de cine porno

Hoy la cosa va más de cine que de censura. O mejor dicho, de evocación de los viejos cinematógrafos, algunos de ellos auténticas reliquias del pasado.

Recientemente he estado en Lisboa y me ha sorprendido la escasa consideración que tiene uno de los cines más antiguos de Europa, el Animatógrafo del Rossio, abierto desde 1907.

A comienzos del siglo pasado, el animatógrafo rivalizó con el kinetoscopio y el cinematógrafo, así que este edificio forma parte de los primeros pasos de la historia del cine.

La desaparición de muchas antiguas salas de proyección en todo el mundo, engullidas por la especulación y la desidia, hace doblemente valioso este bonito local, escondido en el número 225 de la pequeña calle Sapateiros, que comunica con la bulliciosa plaza del Rossio por el Arco da Bandeira.

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