Señales de alarma

En las últimas semanas asistimos a una alarmante proliferación de casos que han convertido la actividad cultural en este país en una gigantesca diana. Dos titiriteros van a parar a la cárcel acusados de apología del terrorismo por un cartel y un espectáculo claramente paródicos. La acusación, disparatada y manipuladora, llegó a ser recogida por los principales medios internacionales; The Independent, Libération, el Financial Times, Le Monde, la CBS y el mismísimo New York Times, entre otros muchos, abordaron el asunto en crónicas que dejaban entrever el desconcierto de sus corresponsales.

Dani Rovira, en los Goya de 2106

Dani Rovira, tras la presentación de los Goya, se lamentó de sufrir un “linchamiento” en las redes sociales.

Tras varios días de histeria inquisitorial, el caso se desinfló a gran velocidad, pero el daño ya estaba hecho.

Poco después, la celebración de los Goya, pese a ser políticamente mucho más correcta que en pasadas ediciones, fue seguida de una catarata de improperios en las redes sociales, tanto contra el presentador, el cómico y actor Dani Rovira, como contra algunos de los participantes que se saltaron el estricto guión de la Academia, como Juan Diego Botto. Precisamente este actor dedicó unas palabras de recuerdo a los titiriteros, lo que le valió el ataque furibundo de los mismos que, presumiblemente, habían detectado intenciones terroristas en dos artistas del guiñol.

¿Cuánto hay de planificado en los ataques que proliferan en internet?

Vaya por delante que cada vez estoy menos seguro de cuánto hay de espontáneo y cuánto de planificado en estos ataques que proliferan en internet, aprovechando el anonimato. Hace tiempo que las redes sociales han perdido su virginidad y de la misma manera que estamos viendo políticos que han pagado para mejorar su reputación on line (con dinero público, dicho sea de paso), estoy convencido de que se han multiplicado los trolls que trabajan a sueldo para hacer ruido y convertir asuntos menores en tormentas mediáticas. Y entre nosotros el mundo de la cultura está, casi siempre, muy expuesto a ellas.

Las consecuencias visibles ya se están haciendo sentir. Hace pocos días, el ayuntamiento de Cartaya (Huelva) sacó de su programación la obra de teatro La mirada del otro, que abordaba el encuentro entre exmiembros de ETA y familiares de sus víctimas. ¿Es una obra inoportuna?, sinceramente no lo creo. ¿Hubo miedo a las consecuencias tras el caso de los titiriteros?, sin duda. El resultado es que la obra, que se podrá ver en breve en el Teatro del barrio, se cayó del cartel y los potenciales espectadores se vieron súbitamente privados de la mayoría de edad y la posibilidad de pensar por sí mismos.

Imagen promocional de "La mirada del otro"

La mirada del otro es una obra dramática que enfrenta a una víctima de ETA con un antiguo miembro de la banda terrorista.

El procesamiento del lider del grupo musical Def con Dos, las denuncias a tuiteros, y un largo etcétera de causas están empezando a emponzoñar la libertad de expresión en nuestro país hasta unos extremos preocupantes.

La cultura debe interpelar, suscitar dudas y provocar interrogantes

Quizás el ámbito de la discusión política deba tener unas reglas muy establecidas. Y de paso, también las declaraciones públicas de nuestros representantes. La política tiene la obligación ineludible de ser ejemplar. Pero la actividad cultural tiene como objeto interpelar, suscitar dudas, provocar interrogantes, desencadenar críticas y generar discusiones que no pueden terminar con sus creadores entre barrotes. Si se aplican los mismos límites a la libertad de expresión que en el resto de los ámbitos de nuestra convivencia estaremos abocados a la autocensura y a una suerte de castración de nuestro potencial creativo, de la que ya hemos tenido sobrada experiencia.

El mundo del cine sabe mucho de esto. ¿Cuántos proyectos han muerto de miedo antes de empezar andar?, ¿cuántos guiones han quedado olvidados en un cajón por temor a afrontar consecuencias de todo tipo, incluidas las penales?, ¿cuántas películas destinadas a remover y sacudir nuestras ideas han sido condenadas al silencio sin haberse sometido ni siquiera al dictamen del espectador? ¿y por último quién se atribuye “desinteresadamente” esa autoridad?

Tener que volver a hacerse estas preguntas ya es bastante inquietante y nos devuelve a otros tiempos, en los que la actividad cultural apena podía respirar bajo las pesadas botas de una dictadura.

 

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