Señales de alarma

En las últimas semanas asistimos a una alarmante proliferación de casos que han convertido la actividad cultural en este país en una gigantesca diana. Dos titiriteros van a parar a la cárcel acusados de apología del terrorismo por un cartel y un espectáculo claramente paródicos. La acusación, disparatada y manipuladora, llegó a ser recogida por los principales medios internacionales; The Independent, Libération, el Financial Times, Le Monde, la CBS y el mismísimo New York Times, entre otros muchos, abordaron el asunto en crónicas que dejaban entrever el desconcierto de sus corresponsales.

Dani Rovira, en los Goya de 2106

Dani Rovira, tras la presentación de los Goya, se lamentó de sufrir un “linchamiento” en las redes sociales.

Tras varios días de histeria inquisitorial, el caso se desinfló a gran velocidad, pero el daño ya estaba hecho.

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Lo que se ve en “B”

Tiene motivos David Ilundain (Pamplona, 1975) para sospechar que alguien está jugando sucio con su recién estrenada “B”, la película sobre las declaraciones del extesorero del Partido Popular, Luis Bárcenas, ante el juez Ruz. Tal como se las gasta el partido del gobierno, con la cultura en general y con la libertad de expresión en particular, no es de extrañar que la película esté sufriendo más contratiempos de los habituales.

Para empezar, según me ha comentado el propio Ilundain, “es ilustrador que ninguna televisión, ni ninguna ayuda pública haya entrado en este proyecto (…) hay que aceptar que te digan NO, pero resulta chocante que “desde arriba” te digan NO y que “desde abajo” la peli genere tanta expectación”.

Imagen promocional de "B"

La película “B” surge de una obra de teatro sobre el cara a cara entre Luis Bárcenas y el juez Ruz.

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Besos y vetos

Acabo de ver de nuevo Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988) y me vuelve a sorprender lo familiar que resulta esa historia que arranca en los años 40 y gira en torno a una sala de cine de una pequeña localidad de la Italia meridional. Se podía haber ambientado perfectamente en la dura España de la posguerra, en cualquiera de esos cines de pueblo, que eran nuestros propios “cinemas Paradiso” y que muy de vez en cuando tienen mínimos conatos de recuperación.

En lo referente a la censura, choca esa similitud entre la Italia que derrotó al fascismo y la España del fascismo triunfante. Hasta que reparas que, en ambos casos, una institución tan poco democrática como la Iglesia Católica era la que decidía lo que se podía o no se podía ver en la pantalla. Sobre besos, abrazos y cualquier conato de pasión, la Iglesia ejercía el control absoluto de las tijeras. Daba igual que fuera en un pueblo de Sicilia o de Castilla.

 

Escena de Cinema Paradiso

En Cinema Paradiso, el pequeño Totò tiene el privilegio de ver los besos vetados por el párroco local.

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