Un animatógrafo en el rincón

Animatógrafo del Rossio

El Animatógrafo de Lisboa sobrevive como local de cine porno

Hoy la cosa va más de cine que de censura. O mejor dicho, de evocación de los viejos cinematógrafos, algunos de ellos auténticas reliquias del pasado.

Recientemente he estado en Lisboa y me ha sorprendido la escasa consideración que tiene uno de los cines más antiguos de Europa, el Animatógrafo del Rossio, abierto desde 1907.

A comienzos del siglo pasado, el animatógrafo rivalizó con el kinetoscopio y el cinematógrafo, así que este edificio forma parte de los primeros pasos de la historia del cine.

La desaparición de muchas antiguas salas de proyección en todo el mundo, engullidas por la especulación y la desidia, hace doblemente valioso este bonito local, escondido en el número 225 de la pequeña calle Sapateiros, que comunica con la bulliciosa plaza del Rossio por el Arco da Bandeira.

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El primer beso y el primer escándalo

La primera vez que ví el corto The May Irwin Kiss (El beso de May Irwin), rodado en 1896, no podía creer que algo así hubiera escandalizado a nadie. Pero esta escena de 20 segundos en la que un hombre y una mujer maduritos terminan dándose un beso bastante remilgado, provocó una verdadera conmoción en la moral victoriana de la época. Y también tuvo mucho éxito.

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El alcalde que cerró los cines de Nueva York

Un alcalde contra el cine

El alcalde George McClellan, ordenó el cierre de todas las salas de cine de Nueva York

El 24 de diciembre de 1908, vísperas navideñas, los neoyorquinos se encontraron con una desagradable noticia, el alcalde George McClellan (del Partido Demócrata) acababa de ordenar el cierre de todos los cines de la ciudad, más de 500, dejando sin entretenimiento diario a 200.000 personas y al doble los fines de semana.

La medida desencadenó una acalorada polémica. La justicia la calificó de “arbitraria, tiránica e insensata” y el alcalde acabó por retirarla, pero su decisión marcó un hito en todo el país y tuvo una gran repercusión en el origen de la censura. De hecho, la “cacicada” de McClellan vino a demostrar hasta qué punto los responsables políticos empezaban a recelar del cine y estaban decididos a vigilar esa nueva forma de entretenimiento cada vez más extendida.

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